Ayer en sana convivencia con amigos, en tono de burla dije: “ya quiero tener dos hijos, una será Yoko y uno será John”. Mi pequeña hijastra en un arranque de rebeldía se levantó de la silla y se fue a su cuarto; volvió a los pocos minutos y la vida siguió. Minutos antes de acostarse, mientras le ponía la ropa de dormir, me miró con los ojos abiertísimos y preguntó:
– ¿Así que quieres tener dos hijas?
– No sé si sean dos, y no sé si sean hijas.
– Pero tú dijiste…
– Supongo que bromeaba, no lo he pensado.
– Pues yo no quiero tener hermanas. – Dijo como si eso fuera una sentencia condenatoria.
Mi corazón se hundió. “Tener una pareja con un hijo no es fácil”, no sé cuántas veces he tenido que escuchar esta frase. “Nunca serás su prioridad”, ha sido la más trillada, pero tengo una inolvidable: “¿no crees que mereces más que esto?”. Esa noche, mientras le ponía el pijama a una dulce niña que esperaba mi respuesta ante su contundente demanda, sentí que la vida me traicionaba una vez más. He tenido diferencias con mi pareja acerca de ser papás y esa batalla ha sido de todas, la más desgastante que he tenido que sortear en mi vida, una batalla con mi pareja, pero sobre todo conmigo misma. “Serás una gran madre”, dice mi propia madre cuando me mira cargar un bebé con los ojos ilusionados de ser abuela, “cuanto estés embarazada nos volveremos locos”, comentan amigos mientras ríen como niños haciendo travesuras. ¿Seré una buena madre? ¿seré una madre? Es lo único que alcanzo a pensar.
El amor por mi pareja y cumplir una expectativa importante de mi vida son cosas que tuvieron un gran enfrentamiento hace algunos años. Ante la situación que vivo en mi carrera profesional y frente la disyuntiva de mi pareja de tener un bebé, desistí a la conversación de la maternidad y elegí la conversación del amor; la idea frenética de envejecer con alguien, consolada por tener una familia junto a mi pequeña domadora (hijastra) me hizo que, en aquel momento, con la mano alzada sacudiéndola a prisa sobre mi cabeza, disipara la nube de ilusión que se creaba sobre mí, esparciendo también el olor a bebé que se había impregnado en el cuarto a causa de mi imaginación fatídica. La vida de madrastra no siempre nos da muchas opciones, ¿no? pero esa es mi elección. ¿Entonces por qué me duele? ¿Por qué tengo miedo?
– ¿Entonces?
– ¿Entonces qué, cariño?
– ¿Entonces vas a tener dos hijas, o qué? – Exclamó mi dulce niña con un tono de molestia que sólo escondía una grande preocupación.
– Me parece un poco injusto que tengamos esta conversación. –Solté un esbozo de sonrisa, escondí mis miedos, imitándola. –Sin embargo, lo podemos conversar.
Ella me miró, su mirada emanaba tristeza, recostó su cabeza sobre mí y dejó que una enorme lágrima mojara mi rodilla.
– Simplemente no quiero – me dijo sollozando.
– Cariño, ¿qué pasa? – Traté de entender.
– No quiero.
Mi mente tampoco estaba lúcida para conversarlo, la idea de que alguien más interfiriera en mi lucha era algo para lo que no me había preparado. Sin embargo, ahí estábamos, hablando de la utilidad que le daría a mi útero, una niña de menos de una década y yo. Una pequeña personita dándome una opinión que era tan importante para mí como para que me doliera el corazón, que me haría entrar en un calabozo a librar una lucha que estaba dispuesta a no luchar, o a dejarme perder, como lo he hecho con otras tantas cuando se trata de ellos.
Metí mis dedos en sus cabellos enredados y acaricié su cabeza tratando de consolarla, sabía que tenía miedo de que las cosas fueran distintas, de que mi atención que es toda para ella, se viera nublada por la llegada de alguien más, que no la amara más. Nada de eso sucedería, pero yo no tenía manera de demostrárselo ahí. Ella tenía miedo de perderse de algo y, ¿quién más podría entenderla en ese momento más que yo? Que tenía tanto miedo de perderme algo.
– La cena está lista – exclamó papá.
– Vámonos, pequeña, es hora de cenar – me levanté de su cama, con el mismo vacío que ella experimentaba, pensando: tú y yo, tenemos tanto en común.

